Amamos el morbo, así de simple.
Nos encanta escuchar historias tristes y crueles. Preguntamos, nos estremecemos, nos incorporamos en la silla para digerir mejor esa realidad que se hace tan lejana cuando no es uno mismo quien la cuenta, porque eso solo le pasa a los demás ¿cierto?

El ideal colectivo de la ciudad de Medellín está dividido en dos versiones; su gente carismática o un pasado liderado por un narcotraficante. Justo en la mitad de esas dos ideas, como un espacio nebuloso, casi como un limbo, está la violencia interminable de las comunas.
Sí, interminable, porque incluso hoy, quizá con menos frecuencia, todavía preguntamos en voz alta:
¿eso fue pólvora o bala?

Dentro de ese limbo también existen más conjuntos, personas directamente relacionadas con el conflicto, jóvenes que no conocen nada más, madres, hermanas, tías, abuelas que le piden a una corte de santos que protejan los malos pasos de sus hijos, no que los saque del camino, no, porque ellos sostienen familias, pero que los protejan. Y entonces entre su jerga es tan común escuchar: Lo mataron.

Allí también estamos los otros, ajenos a toda maldad, patriotas de una montaña ladrona, que roba vidas y regala flores a cambio.
Yo, por ejemplo, nunca había escuchado a otra mujer, que no fuera yo, repitiendo muchas veces en mi cabeza: Mataron a mi papá.

Amamos el morbo y más el que muestra calles que alguna vez hemos recorrido o visto rápidamente. Amamos reconocer rostros, espacios, situaciones, pero amamos más no estar involucrados, solo verlos de lejos. Eso es Matar a Jesús, una Medellín vista desde un mirador.

Matar a Jesús es esa Medellín que todos hemos escuchamos, pero que pocos han vivido.
No es otra película de violencia, no es solo una anécdota triste. Es el escudriño detrás de las acciones de las personas, las relaciones, los sentimientos, la realidad.

Yo describiría Matar a Jesús como caminar por el centro de Medellín: Rapidito, de prisa, luchando con la multitud para llegar a su destino, ignorando que alrededor, están pasando millones de cosas que solo pocos se detienen a ver.

Una increíble producción, muy bien lograda. Verdaderamente sublime.

Alejandra Marín

Poeta. Editora. Empeliculada. Salada como el mar. Amarilla de todos los colores. Me sudan las manos. Siempre con afán. Sponge Bob lover. Escribo porque tengo mucho que decir. Fin

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